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La nevada

por Francisco Puch (11/01/2018 a las 17:50)

 Cualquier pretexto es bueno para que la oposición ataque al Gobierno. Ha caído una gran nevada, como si fuera la única y no nevara en otros lugares de la Tierra, y muchos esnobistas imprudentes conductores, presumiendo de sus bólidos recién estrenados se dirigieron a zonas y lugares en los que las nevadas eran más copiosas para enseñar a sus niños la maravilla de a nieve, pero no iban preparados para ello.

 Los que somos de la Sierra Segoviana, hoy mal llamada “Sierra de Madrid”, sabemos de sobra lo que es la nieve y ver nevar; lo que es asomarte a la ventana de tu casa y tirar del alféizar la nieve en él acumulada, lo que es abrir la puerta del portal de tu casa, y el medio metro o más de nieve acumulada durante la noche se te meta dentro y tener que coger la pala para sacarla y abrirte una vereda por la calle para poder salir y caminar a tu trabajo.

Con las grandes nevadas, que en otros tiempos caían en mi Segovia del alma, los niños no dejábamos de ir al colegio, no se suspendían las clases, nos tirábamos bolas de nieve, hacíamos muñecos con la nieve acumulada, y convertíamos en una enorme pista de patinaje la calle de Ruiz de Alda que, paralela al Acueducto baja desde las proximidades del Instituto hasta la mismísima plaza del Azoguejo. La vida de la ciudad no se interrumpía por muy copiosa que fuera la nevada, y nadie culpaba al Alcalde ni a la Policía Urbana ni a la Guardia Civil porque hubiera nevado

 Los tiempos fueron pasando pero en las zonas montañosas la nieve siempre estuvo presente en todos los inviernos. Así tuve la suerte de pasar dos inviernos en la hermosa villa del norte palentino, de Cervera de Pisuerga, localidad para mí de muy bellos recuerdos a la par que muy tristes, porque allí nació mi muy querida hija Beatriz que enamorada de la muerte se fue con ella hace ya siete años. Y en aquella hermosa villa, a los pies del Puerto de Piedras Luengas, que la separa de la no menos hermosa villa de Potes en Cantabria, a la que acudíamos con frecuencia, los dos inviernos que allí viví nos quedábamos incomunicados con el resto de pueblos próximos por la copiosas nevadas que caían y que hasta los cables del telégrafo y del teléfono, se venían abajo por el peso de la nieve acumulada sobre ellos, y  mis hijos, párvulos de cuatro, cinco años, iban al colegio entre una montaña de nieve más alta que ellos; pero tampoco nadie culpaba de la nevada ni al Alcalde ni a la Guardia Civil.

 Han pasado sesenta o setenta años de aquella época feliz, en la que los españoles aceptábamos con estoicidad espartana lo que la naturaleza nos echaba encima; hoy en estos tiempos modernos, todo son quejas y exigencias que en poco o nada ayudan a mejorar la relación de unos con otros como humanos, no hay solidaridad, no hay generosidad para perdonar las culpas, no existe más que exigencias para buscar un culpable.

 No se puede culpar a los políticos de que haya nevado, pero sí hay que exigirles explicaciones por su falta de previsión, por la improvisación de las medidas tomadas y sobre todo por tratar de exculparse, acusando de imprudencia a los automovilistas por haberse puesto en camino estando avisados de la nevada, o a las concesionarias de las autopistas.

Esa sí es una actuación irresponsable del director general de la DGT, que viene a demostrar su ineficacia para el cargopúblico para el que ha sido nombrado, y la equivocación del ministro de Fomento por nombrar a un amiguete;  la DGT no está sólo para poner multas.

 Afortunadamente seguirá nevando, esa nieve es una bendición para los campos españoles que tan necesitados están de agua. ¡Viva la nieve!

 

 


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